fotografía: Joan Hurtado.
Tecate Comuna no es solo un festival; es el día en que Puebla se convierte en el epicentro sonoro del centro del país. Pero vivirlo tiene matices muy distintos dependiendo de qué lado de la barricada te encuentres. Esta es la crónica de una jornada dividida entre la responsabilidad de capturar la historia y el placer de vivirla.
Somos docenas de fotógrafos agachados, esquivando cables y pirotecnia, buscando el ángulo perfecto sin estorbar al de al lado. Correr de escenario a escenario cargando equipo, esquivando a 40,000 personas para llegar antes de que inicie la siguiente banda, es un verdadero deporte extremo.
Lo más gratificante es capturar la marea de gente desde el escenario. Ver los rostros de éxtasis en primera fila, las lágrimas de los fans y los carteles hechos a mano. Desde aquí, el festival se ve gigante, imponente y, a veces, abrumadoramente hermoso.
Los cambios de escenario fluían mejor que otros años, y aunque de repente se armaban los empujones cuando llegaba alguna banda muy esperada, la mayor parte del tiempo reinaba ese respeto que tanto se agradece en un festival grande. Muchos aprovecharon para descansar en el pasto entre acto y acto; otros, simplemente para tomarse una cerveza y platicar mientras la música seguía sonando de fondo.
El punto más alto del día llegó cuando las bandas principales pisaron el escenario. Hubo gritos, coro colectivo y momentos que se quedarán grabados para siempre en videos temblorosos tomados con el celular. Pero así se vive Tecate Comuna: imperfecto, intenso, lleno de emoción y totalmente auténtico.
Al final, mientras miles caminaban hacia la salida con la voz ronca y los pies cansados, la sensación era la misma para todos: el festival se había pasado volando. Y aunque la noche ya caía sobre Puebla, todavía quedaba ese eco musical que nos recordaba por qué siempre vale la pena regresar.
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